Durante los últimos años, periódicamente, el gobierno analiza, anuncia, ratifica, repite y desdibuja un panorama sesgado del trigo en el país. Así lo reiteró durante el último mes, justo en días estratégicos en los que el productor define su nueva campaña.
   El ánimo se ha ensombrecido por el planteo de un panorama muy diferente al que se vive en el campo. Estamos lejos de las cosechas récord que se declaman mientras quienes deciden continúan sin comprender que el productor necesita de incentivos para aumentar la producción.
   Son muchos los pueblos y ciudades que no tienen otra alternativa productiva que sembrar trigo, especialmente el sur de Buenos Aires y La Pampa. Y así lo harán este año, como todos los años, afortunadamente, y muy a pesar de su expectativa, ya que significa que un año más se resisten a abandonar un cultivo tradicional e histórico, que por demás condiciones ecológicas no pueden producir otra cosa y donde se ven amenazados a ser expulsados o marginados debido a una falta total de rentabilidad.
   Por eso el productor, para recuperar su capacidad productiva, necesita de ciertos y determinados incentivos, que lo impulsen a incrementar la superficie destinada a siembra, como también a incorporar tecnología para alcanzar y así recuperar volúmenes históricos de producción, que no solo garantizarían la mesa de los argentinos en cantidad y precios accesibles, sino que permitirán al país recuperar mercados tradicionales tan competitivos regionalmente, como Brasil.
   Argentina no puede desaprovechar más las ventajas competitivas, frenar o condicionar sus ventas externas, las que le darían importante aumento a las alicaídas arcas del gobierno, por un mayor ingreso de recursos, fundamentalmente, dólares para equilibrar la balanza de pagos.
   Hasta tanto no se dé un marco de expectativas favorables, previsibles en el tiempo, y que se le permita alcanzar una rentabilidad adecuada, no se va a recuperar la producción.
   Las entidades, juntas y separadas, reclamamos reiteradamente la eliminación de retenciones ya que coincidimos en que esa medida sería un incentivo inmediato que mejoraría el valor que recibe el agricultor, al igual que la formación del precio en una puja competitiva de todos los operadores comerciales.
   No han sido años fáciles para el productor. La inflación, y el aumento de los costos (insumos, combustibles, impuestos, etc.) está haciendo perder competitividad la actividad, la que sigue siendo inviable en aquellas regiones que no logren superar un rendimiento de 3.500 kilogramos por hectárea.
   El consumidor debe saber que los derechos de exportación (retenciones) tienen incidencia casi nula en el precio del pan, ya que el trigo impacta solo 10% en la conformación de dicho precio final. Culpar al trigo por el valor del pan es un error ya que el aumento del mismo está dado por diversos factores dentro de la misma cadena, donde los dos grandes perdedores son los consumidores (pagando en la góndola un precio muy alto) y los productores de trigo (recibiendo un valor por debajo de los costos).
   En definitiva, reiteramos que el campo necesita reglas de juego claras, coherentes y de largo plazo, que no dependan del gobierno de turno y menos de la arbitrariedad de un funcionario, que se consoliden definitivamente en un espacio de diálogo y consensos enmarcadas en políticas públicas que contribuyan a aumentar la producción, por el bien del sector y de los hombres de campo que viven en torno a una actividad que supo hacer historia y engrandecer La Patria y derramar bienestar a millones de argentinos.
   
   
   
   

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